sábado, 22 de marzo de 2014

¿Te parece bien lo que pasó ayer en el supermercado?


...Él me ve con cara de "sí, está bien, mamá". No, no está bien. Pero así estamos.


Discutía con mi hijo de 13 años acerca de las razones por las que debía poner más empeño en la escuela y él me decía, así, sin más, que va a la escuela “para estudiar”. Y yo le insistía ¿para qué estudias? Para estudiar, respondía con el caletre básico. No, le argumenté, estudias para aprender cosas y para llenarte de un montón de herramientas que podrás utilizar luego, cuando las necesites, para que no sólo tu vida sea mejor sino también las de los demás.

Palabras al aire, huecas. Había que recurrir al ejemplo.

-¿Te parece bien lo que pasó ayer en el supermercado?

-No. Eso no está bien.

-¿Por qué?

No logró argumentar su respuesta, así que tuve que ayudarlo un poco.

-Porque no está bien que algo que debe ser normal tenga que convertirse en algo extraordinario para que malamente ocurra.

Los ejemplos me sobraban.

El del supermercado, era uno: Que si el Gobierno esto, que si los guardias lo otro, que no se puede aguantar esta situación, que todo está carísimo, que… pero todas las personas en la cola, formaditas y calmadas. Hora y media en eso. Habla que te habla, entre chistes y anécdotas, en medio de esa cordialidad extraña que desarrollan los desconocidos ante ciertas circunstancias que los conectan por una vez en la vida y ya. En total, una cola de 90 minutos para lograr llegar a la caja registradora y comprar, con el dinero que gracias a Dios y el esfuerzo de cada día llevas en el bolsillo, 6 litros de leche –el máximo permitido por persona- en un supermercado de La Florida, en Caracas.

El de la cédula: Que si el Saime no te saca la cédula en sus sedes como debe ser, que eso sólo pasa en un operativo. Que debes comenzar a pescar los operativos por Internet, porque cada día te informan en dónde hay uno y vas y ya, "facilito". Y corre para el Parque del Oeste, sí, un parque, con el muchacho escapado de clases para que le “saquen” la cédula en el horario “especial”, un favorcito, pues, y ya, todos felices con ese trozo de papel mal impreso y mal plastificado. Bueno, felices hasta que descubres año y medio más tarde que jamás introdujeron al chamo en el sistema –como debió ocurrir- y que hasta ahora ha hecho su vida con un papelito con su foto y un número que ningún valor real poseen. ¿Resolverlo? Van seis meses en eso y nada en las oficinas, incluso la central, del Saime. Tal vez necesitemos otro “operativo” para enmendar el entuerto, porque a la fecha ningún “funcionario” ha sabido qué hacer con este caso.

El de las medicinas: Que la abuela toma Diovan. Diovan y no otro medicamento. No diurético y en una proporción específica. La farmaceuta de la esquina, solidaria como nadie, habla con mi mamá por teléfono para ver bien qué puede hacer. Busca un genérico, el único del que dispone, y acota: que se lo tome solamente en caso de emergencia, es decir, solamente si no consiguen el medicamento original. Me da una hojita con algunos laboratorios confiables anotados a la hora de buscar otro genérico mejor para la emergencia. ¿Cómo es esto posible? Bueno, así estamos. Y busca y busca entre Caracas y Maracay hasta lograr el preciado tesoro: dos cajas de Diovan en todo ese recorrido. ¡Uf, qué alivio! Hemos ganado unos días a la emergencia.

-No, eso no está bien. Esas son cosas que se deben hacer de forma normal- me dice mi hijo.

-¿Verdad?

-Sí, claro.


-Pues para eso necesito que aprendas, para que sepas diferenciar cuando una cosa está bien y una cosa está mal y puedas entender tus derechos y cómo reclamarlos a quienes te gobiernan, porque ellos deben hacer su trabajo.

Él me ve con cara de "sí, está bien, mamá". No, no está bien. Pero así estamos.

jueves, 20 de marzo de 2014

Venezuela, el país que muere de mengua

...A lo largo de 15 años de proceso, Chávez y quienes lo acompañaron se empeñaron en destruir las instituciones de manera sistemática. Hoy pagamos el precio.

Venezuela hoy no cuenta con ingresos petroleros y tributarios suficientes para cubrir sus abundantes gastos, padece un ritmo de aumento mensual de los precios que algunas naciones sólo sufren al paso de dos años y, como añadido, vive una escasez histórica de todo lo imaginable: alimentos, medicinas, repuestos para carros, papel para periódicos, agroquímicos para cultivar, pasta de dientes, ...

Es la Venezuela petrolera, alguna vez llamada saudita, solo que ahora es conocida como la Venezuela de la revolución.

“Un proceso revolucionario tiene que destruir para poder construir”, dijo Fidel Castro el 2 de enero de 1961. Tras esas palabras, transcritas y divulgadas oficialmente por el Gobierno de Cuba, se lee “(aplausos)”.

Muchos cubanos aplaudían entonces a la revolución naciente, al embrión latinoamericano del proyecto político de la izquierda, a la cajita de música que se contempla cada vez que alguien tiene la ensoñación de la bailarina de ballet, que al final resulta de mentira, aunque gira y gira sin parar.

Suman casi setenta años de giros sin que nada pase y sin que el futuro prometido los alcance como sociedad.

Aun así, Venezuela siguió estos pasos, pues había que repartir la renta petrolera entre todos para acabar con las desigualdades sociales, una premisa que sólo un enfermo no apoyaría. Y Hugo Chávez emprendió su proceso revolucionario “a la venezolana” apoyado por la mayoría de las mayorías, eso sí, haciendo cambios sostenidos en el sistema para lograr su cometido, pero con progresión y evitando brusquedades que pusieran en riesgo su continuidad en el poder. Él se decidió por ir matando al enemigo de a poco. De mengua.

Había una zanahoria al final de la cuerda en recompensa para quienes creyeran en su oferta futura de un cambio hacia el bienestar mientras todo ocurría. Siempre después, siempre a punto de conquistar esa frontera, siempre con un enemigo en contra, y la estrategia le funcionó así por 14 años. Tras su muerte hay poco discurso y poca estrategia que sostengan la cuerda, pero ahora todo versa en la promesa de cumplir lo prometido por Chávez. Y nada más.

No obstante, la revolución sigue.

Lo malo de todo es que, a lo largo de 15 años de proceso, Chávez y quienes lo acompañaron se empeñaron en destruir las instituciones de manera sistemática. Había que destrozar a mandarriazos esas piedras que son valiosas para las sociedades, que se levantan con el esfuerzo conjunto de años y que a todos sirven de ancla, de referente, de brújula. Había que hacerlo y en Venezuela todas fueron deshechas bajo la premisa de que estaban corrompidas por el sistema político de la llamada Cuarta República (De seguro acá habría “aplausos”).

El Premio Nobel de Economía 1993, Douglas C. North, describe muy bien a las  instituciones: “son las reglas del juego en una sociedad o, más formalmente, las limitaciones ideadas por el hombre que dan forma a la interacción humana”. Estas limitaciones, como tales, deben ir ajustándose y moviéndose en función de la evolución social. Pero el mundo que gira día a día con la historia de toda la Humanidad a cuestas nos muestra que el derrumbe abrupto de estos tótems de sabiduría común levantados por años es un pecado que se paga caro.

Según René Descartes, a “estos grandes cuerpos políticos, es muy difícil levantarlos, una vez que han sido derribados, o aun sostenerlos en pie cuando se tambalean, y sus caídas son necesariamente muy duras”.

En su opinión, “no sería en verdad sensato que un particular se propusiera reformar un Estado cambiándolo todo, desde los cimientos, y derribándolo para enderezarlo”.

Sólo sé, por la vivencia de 15 años de mi vida en la edad más productiva sometidos a este robo diario de oportunidades, que la idea loca de destruir para construir no conduce más que al empobrecimiento, al desconocimiento de la institucionalidad, a la precarización de las soluciones y a una sociedad dependiente, irracional y desprovista de la capacidad real de aspirar a algo mejor.

Mengua total.

martes, 4 de marzo de 2014

¿Ideologización para el progreso?

                                                no trata de elevar al Pueblo a su dignidad
El que pretende reinar              no trata de enseñar para que lo conozcan
                                                no trata de dar fuerzas para que le resistan
                                                                                      Simón Rodríguez




La planificación y la estrategia marcaron buena parte de la gestión de Hugo Chávez en Venezuela, al margen de si los resultados inmediatos de sus decisiones en lo económico y social sirvieran o no. Él, militar al fin, quería hacer funcionar el modelo político que delineaba en su cabeza y supo que necesitaba el paso de generaciones de venezolanos formados bajo su batuta para lograrlo. El cambio real no ocurriría de un día para otro.

En agosto de 2007 confesó que había sostenido dilatadas conversaciones con Daniel Ortega, líder sandinista de Nicaragua; Fidel Castro, artífice de la Revolución Cubana, y Alexander Lukashenko, presidente de Belarús y testigo de la era soviética, gracias a las cuales llegó a la conclusión de que hubo un desacierto común en estos procesos revolucionarios: la premura.

Por eso descubrió que los cambios debían darse progresivamente, acelerando y desacelerando, según las circunstancias.

Aunque él ya no está, sus seguidores parecen mantener la estrategia.

El ministro de Educación, Héctor Torres, recientemente en un foro sobre erradicación de la pobreza, sostuvo con claridad que “tenemos que ver, medir, tener la capacidad de garantizar que el esfuerzo que estamos haciendo tiene el impacto que estamos buscando: ir, progresivamente, sacando a los sectores que están en condiciones más precarias de esa situación. Y eso tiene que estar acompañado de mucha organización política, de mucho debate. No es que vamos a sacar a la gente de la pobreza, para llevarla a la clase media, para que después aspiren a ser escuálidos”.

Se trata de formación e ideologización, pero exterminando la capacidad de decisión del individuo. Un sacrificio para lograr la causa común.

La certeza de esta realidad, con tres lustros del proceso de formación del “hombre nuevo”, me obliga a citar a Simón Bolívar (1812): "Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción".

sábado, 22 de febrero de 2014

Actos de magia

...Acerca de Venezuela y su urgente necesidad de cambios mágicos.


La gente daba golpes con cucharones, paletas de madera, con lo que fuera, a sus ollas y sartenes. Una y otra vez. Una y otra vez. Era un cacerolazo, me dijeron luego. Recuerdo una noche en particular. Ese día supe que mi pequeño sobrino había sido diagnosticado con fiebre reumática. No sabía bien lo que eso significaba, pero sí que con ello se explicaban las cosas que venían afectando su salud.  Yo lloraba por eso tan personal y que lucía minúsculo para la Humanidad mientras en la urbanización el resto caceroleaba sin cesar rogando para que Carlos Andrés Pérez dejara de gobernar.

Pérez, el hombre que agitaba con energía los brazos bajo su amplia colección de chaquetas de cuadros, había sido electo por una mayoría de venezolanos que recordaba la gloria de su primer Gobierno, en los años 70, chorreante de petróleo y de dólares. La Venezuela saudita, llamaban a esa época, y todos la extrañaban. Lo peor era que ese “todos” creía que la época era inherente a Pérez y no a las circunstancias del país, de la economía y del mundo en general. Así que cuando pretendió volver a Miraflores la gente aupó a Pérez como a Houdini, a la espera de que se zafara de las cadenas bajo las aguas y empezara a repartir dólares como papelillos en carnaval. Pero no era mago, era un hombre ejerciendo el poder en 1989, con una crisis económica muy parecida a la de Venezuela en 2014 y con la desagradable realidad de que no había dinero.

Así que no pasó mucho para que ese mismo “todos” que le dio apoyo,  se lanzara a vitorear a un hombre desconocido, que tan solamente habló unos pocos segundos por televisión, con una boina de medio lado, tras participar en un golpe de Estado en 1992 con un terrible saldo de heridos, muertos y una Constitución violentada. Ese hombre, de pronto, era Houdini personificado. Tanto así que, tras medio pagar por su irrespeto a las promesas sagradas de su investidura militar, llegó al poder muy pronto. En 1999 ya estaba en Miraflores electo por esa misma mayoría de “todos” que años antes catapultaría a Pérez al Gobierno.

Ahora, en 2014, tras morir Hugo Chávez luego de intentos de golpe de Estado y conflictividad extrema, y con el cese de su dominio de las artes militares y de las miserias civiles, Venezuela vuelve a la crisis. Nuevamente hay cacerolas. Esta semana una amiga pasó dos días tratando de llevar a su esposo al médico porque le era imposible transitar por las calles repletas de barricadas y  protestas contra Nicolás Maduro (mejor conocido políticamente como el hijo de Chávez). Un micro-problema personal en medio de la furia global.

Todo arde, todo se convulsiona.


Mi sobrino ha gozado de buena salud, gracias a Dios, y ya lleva tres años viviendo fuera de Venezuela, intentando construirse un futuro mejor del que le ofrecía este país. Me duele tanto su partida como su diagnóstico de la infancia.  Las cacerolas siguen sonando. Nadie milita, nadie construye cambios, todos esperan el acto de magia. Estamos a la espera del nuevo Houdini, entre humaredas y guarimbas. Décadas y décadas de espera sin aprender.

miércoles, 5 de febrero de 2014

La cola de la dignidad

La señora llegó a la esquina agotada. Estaba sudorosa, cansada, pero eso sí, bastante orgullosa. Llevaba en las manos las bolsas plásticas con el saldo diario de su esfuerzo de horas. La franela roja, a lo Warhol, pero con los ojitos de Hugo Chávez sobre el pecho, la delataba. Allí, en ese cruce, mientras el estado Lara temblaba con la emoción de la Divina Pastora, la mujer le expresó a una amiga, tan colorada como ella, los niveles en los que vibraba su alma.
  -Vengo de hacer la cola de la dignidad- confió orgullosa en esa intersección de caminos.
  -Y de derrotar a la guerra económica- acotó la otra, no menos orgullosa.
  Seis horas. Siete. Ocho. Más. Horas infinitas que se acumulan para lograr comprar algo. Aunque tengas los medios para hacerlo debes esperar, debes formarte en la fila, y aguardar la ración: Máximo seis litros de leche por persona, no más de dos paquetes de harina precocida de maíz   para cada uno, …

En pleno siglo XXI, Venezuela. 

jueves, 17 de octubre de 2013

A las puertas de los anuncios económicos

Venezuela está muy cerca de anuncios importantes en materia económica, pero que también tienen una alta connotación en el devenir político del país, lo cual es importante si se toma en cuenta que es el momento histórico de un Gobierno más débil de lo habitual para los últimos lustros, que sufre una gran crisis económica fruto de la política de su máximo líder fallecido y que en diciembre tendrá otro proceso electoral, el cual determinará las bases de la pirámide de poder en la nación.

Ya me he detenido antes a reflexionar sobre el triángulo dentro del cual se juega nuestro país (crisis económica, costo político e ideología http://notasentrecomillas.blogspot.com/2013/10/venezuela-entre-la-crisis-economica-el.html), así que hago el presente análisis sobre la base de que quienes detentan el poder se han mirado en el espejo de las cuentas de la nación y saben que, incluso con un proceso electoral el 8 de diciembre y más allá del costo político, es urgente hacer algo para que la economía del país no acabe de irse por el despeñadero antes de que terminen de contar los votos.

Este fin de semana el ministro de Planificación, Jorge Giordani, conocido como “el monje”, el ortodoxo, el hombre aferrado a las líneas de izquierda y poco pragmático, dio unas declaraciones al diario oficialista Correo del Orinoco (http://www.correodelorinoco.gob.ve/nacionales/giordani-%E2%80%9Cla-mercancia-mas-barata-este-momento-es-dolar%E2%80%9D/) que obligan a pensar que hasta en las filas más radicales del Gobierno se maneja la opción de un ajuste económico que incluiría una devaluación.

Rafael Ramírez, ungido recientemente como el gran jefe de la tribu económica del gabinete, habló el pasado viernes 11-10-13 sobre varios aspectos de lo que será la política económica del Gobierno de Nicolás Maduro. En resumen:

1.       Cadivi, por ahora, sigue (Es decir, persiste la paridad preferencial de Bs 6,30 por dólar).

2.   Se administrarán las divisas según el criterio de quien las genera (Pdvsa genera, Pdvsa administra, Ramírez es presidente de Pdvsa, es decir… O el Estado genera, a través de Pdvsa, y el Estado, a través de Ramírez, o sea, de Pdvsa, administra).

3.       El Sicad (sistema alterno a Cadivi para entregar dólares a una paridad superior, cercana a Bs 11 por dólar) se seguirá aplicando como un esquema cambiario temporal sujeto a las directrices de quien administra las divisas.

4.       A futuro se aplicará un nuevo esquema cambiario (no aclaró si con Cadivi o sin Cadivi, con Sicad o sin Sicad), y este llegará de la mano de una estrategia de promoción de la producción, porque hasta ahora se ha venido dando un subsidio en dólares, cuando se podría dar un subsidio en bolívares al productor.

Todo esto es posible si:

1.       El ingreso de la nación, que se percibe en dólares por la venta del petróleo, genera más bolívares, ya sea porque sube el precio del petróleo, porque se exporta más o porque la tasa de cambio se ajusta o lo que es igual, se devalúa la moneda local para que cada dólar obtenido por barril vendido se traduzca en más bolívares.

2.      A lo interno, que la banca entregue al Gobierno sus excedentes de liquidez a cambio de papeles por los que cobrará un interés a futuro (es decir, más deuda para el Estado, pero más dinero líquido en sus arcas).

3.       Según diversos mecanismos de ingeniería financiera, el Banco Central de Venezuela engrasa la máquina de imprimir bolívares sin respaldo alguno, generando eso que los expertos llaman dinero inorgánico.
Todas estas opciones tienen un costo: la inflación.

Con respecto a las dos últimas opciones vale mencionar un reciente informe de Bank of America, en el que se indica que en Venezuela la inflación que se ha registrado es la misma que habría sucedido en caso de que el Gobierno hubiese devaluado el tipo de cambio oficial hasta 10 bolívares por dólar, cuando en verdad solamente lo llevó de Bs 4,30  a Bs 6,30 a inicios de 2013. http://www.eluniversal.com/economia/130927/el-deficit-del-gobierno-es-el-epicentro-de-la-crisis

Hay que recordar que en lo que va de 2013, la inflación acumulada en Venezuela es de casi 40% y que todas las proyecciones apuntan a que el año cerrará con un alza de precios de 50%. En 17 años, ni cuando el paro petrolero, se había vivido algo similar.

Pareciera entonces que el primer ejercicio (la devaluación), aún con su elevado costo sobre la población, permitiría corregir problemas de fondo y sanear la economía de cara al futuro; mientras que los últimos, que suelen ir juntos y de la mano, generarían igual cuota de dolor, pero sin resolver problema alguno.

Pero no hay que perder de vista el lado político de todo esto.

De hecho, habrá quien piense que una decisión en materia cambiaria podría alterar los resultados electorales de diciembre en favor de la oposición. Yo tengo mis reservas al respecto.

Un discurso fácil a la hora de una devaluación es el que ya han afilado algunos voceros del Gobierno: ¿Tú tienes dólares? ¿Alguna vez has tenido un dólar en la mano? ¿Necesitas dólares? A lo que una masa muy poco informada suele responder con un largo “noooo”.

Este razonamiento deja por fuera el hecho de que buena parte de lo que se consume en Venezuela es importado, ya sea en su totalidad o en sus partes, y que el mayor comprador en el exterior es el propio Estado.

No obstante, si el Gobierno logra venderle al país la idea de que la devaluación le quemará las manos al enemigo, a la burguesía parásita -según definición de Nicolás Maduro-, mientras esa misma devaluación le genera bolívares adicionales al Estado para becas, subsidios y, en fin, para empapelar la fiesta electoral, es muy posible que el llamado “costo electoral” sea neutralizado. 

El país está a las puertas de anuncios económicos y de cambios profundos que demandan madurez y menos indolencia por parte de todos.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Venezuela entre la crisis económica, el costo político y la ideología


El país ha sufrido muchos trances terribles en materia económica a lo largo de su historia contemporánea, pero al que vivimos actualmente se le añaden piedras en los bolsillos: el costo político y la ideología.

Precisamente fue el miedo al costo político el que hizo sus más costosas jugadas a fines de 2012. Hugo Chávez llegaba a su última reelección en octubre de 2012 a sabiendas de su condición física y del estado real de las bases económicas que sostenían al país y, todavía así, durante la campaña electoral pisó el acelerador del gasto público, sacó a la calle bolívares a toda costa (con respaldo real o de monopolio) para ratificar su casi seguro triunfo sin que mucho se hiciera desde sus filas de Gobierno para adelantarse y enfrentar las consecuencias de tales acciones.

Hoy, casi un año después, Venezuela es una galleta crujiente a punto de quiebre.

Aunque el petróleo, principal fuente de ingresos de la nación y, obvio, de todos los venezolanos, se ha mantenido sobre un histórico precio promedio que permite obtener 100 dólares por cada barril que Pdvsa vende, tal nivel no alcanza para sostener las necesidades de recursos de todo el país.

Cada uno de esos dólares debe ser cambiado por Pdvsa al tipo de cambio oficial de Bs 6,30. Es decir, que Pdvsa solamente percibe 6,30 bolívares por cada dólar que obtiene y, con esos bolívares, debe hacer frente a sus gastos propios, a sus inversiones y a todos los compromisos que el modelo revolucionario le endosó: viviendas, industrias, agro, mercados de alimentos,…

Los bolívares no le alcanzan.

En buena medida es por esto que se ha recurrido a la asistencia financiera de China para adelantar algunos planes de inversión, que Pdvsa ha acudido a sus socios para que le financien su parte en los proyectos petroleros conjuntos, que ha crecido la deuda interna (tras un significativo incremento de las acreencias externas) como una forma de hacer frente a los compromisos del Estado dentro del país, y que se hacen constantes manejos poco claros para mover fondos fuera del presupuesto ordinario (es decir, fuera del aprobado por el Parlamento, del que es repartido entre las regiones y del que está sujeto a rendición de cuentas). Todavía así, los recursos no alcanzan para sostener el país.

Papelillos
Por decisiones políticas y económicas Venezuela se ha llenado de bolívares. Un montón de billetes metidos en el corral del control cambiario. Muchos, casi todos, llegamos a tomar una tajada de esa oferta de bolívares, pero con los contratiempos de que tal saco de dinero cada vez compra menos en el abasto y de que su valor se empobrece más mientras se hace la cola para comprar bienes escasos, ya sea papel higiénico o dólares.

Tras años de controles y distorsiones el Estado ha llegado a tener que repartir con gotero cada dólar a la paridad oficial de Bs 6,30: una porción entre la mermada industria nacional -para que pueda importar materia prima y producir-; otra entre los importadores para traer del exterior bienes terminados -que ya no se hacen en nuestras tierras-; y otras tantas para que la misma República importe lo necesario, atienda los pagos de deuda y demás necesidades propias de un país económicamente activo.

Se trata de una nación donde la crisis es tal que el mismo Estado, aunque lo niegue, alimenta a diario el temerario negocio ilegal de las divisas y lo subsidia. Quien alcanza a poseer un dólar a Bs 6,30 entregado por Cadivi sabe que en minutos encontrará a alguien dispuesto a comprárselo por casi seis veces ese valor. Se trata de un negocio demasiado lucrativo y, por ello, creciente.

Se tranca la rueda
Por una razón o por otra, Venezuela se enfrenta casi que cada año a un proceso comicial lo que, como lastre, suele traer retrasos en las decisiones económicas, así como recurrentes prácticas populistas y discursos cargados de ideología “socialista”.

Esos procesos electorales siempre hacen que la balanza privilegie el costo político sobre el eventual beneficio de una determinada medida de interés nacional. O sea, pesa más el miedo a perder elecciones que el temor a llevar al país al barranco. Hay elecciones, otra vez, el 8 de diciembre de este año.

Pero con la ausencia de Hugo Chávez, tras su muerte a inicios de 2013, el asunto ideológico ha logrado engordar más al momento de medir opciones, recoger errores, palabras y promesas. De hecho, aunque el aumento de los precios ronde la tasa de 40% anual, la escasez de productos básicos esté en 20% (dicho por el propio Estado), aunque falle el sistema eléctrico, decline la producción petrolera, caiga la manufactura local y los ilícitos de toda índole estén a la orden del día, las decisiones correctivas de fondo nunca se toman. Se postergan, se disfrazan. El país lleva ya un año así.

En el discurso ideológico del socialismo del Siglo XXI, que Chávez no terminó de modelar, se ha tildado de enemigos a los empresarios, a los potenciales inversionistas, a la banca, a los medios de comunicación, a quienes tienen una posición política distinta, a las universidades autónomas, y a un largo etcétera, lo que hace pensar que es imposible cualquier acuerdo entre todos estos sectores del país y el Gobierno para hacerle frente a la crisis, aunque se trate de un acuerdo lógico y de una muestra de madurez política para garantizar la estabilidad, que a todos conviene, mientras se regresa al equilibrio económico.

Sin un liderazgo político e ideológico real desde las filas de quienes manejan el poder, es lógico pensar que el triángulo se abre ante nosotros sin que algo se resuelva entre crisis económica, costo político e ideología.
Veremos.