martes, 4 de marzo de 2014

¿Ideologización para el progreso?

                                                no trata de elevar al Pueblo a su dignidad
El que pretende reinar              no trata de enseñar para que lo conozcan
                                                no trata de dar fuerzas para que le resistan
                                                                                      Simón Rodríguez




La planificación y la estrategia marcaron buena parte de la gestión de Hugo Chávez en Venezuela, al margen de si los resultados inmediatos de sus decisiones en lo económico y social sirvieran o no. Él, militar al fin, quería hacer funcionar el modelo político que delineaba en su cabeza y supo que necesitaba el paso de generaciones de venezolanos formados bajo su batuta para lograrlo. El cambio real no ocurriría de un día para otro.

En agosto de 2007 confesó que había sostenido dilatadas conversaciones con Daniel Ortega, líder sandinista de Nicaragua; Fidel Castro, artífice de la Revolución Cubana, y Alexander Lukashenko, presidente de Belarús y testigo de la era soviética, gracias a las cuales llegó a la conclusión de que hubo un desacierto común en estos procesos revolucionarios: la premura.

Por eso descubrió que los cambios debían darse progresivamente, acelerando y desacelerando, según las circunstancias.

Aunque él ya no está, sus seguidores parecen mantener la estrategia.

El ministro de Educación, Héctor Torres, recientemente en un foro sobre erradicación de la pobreza, sostuvo con claridad que “tenemos que ver, medir, tener la capacidad de garantizar que el esfuerzo que estamos haciendo tiene el impacto que estamos buscando: ir, progresivamente, sacando a los sectores que están en condiciones más precarias de esa situación. Y eso tiene que estar acompañado de mucha organización política, de mucho debate. No es que vamos a sacar a la gente de la pobreza, para llevarla a la clase media, para que después aspiren a ser escuálidos”.

Se trata de formación e ideologización, pero exterminando la capacidad de decisión del individuo. Un sacrificio para lograr la causa común.

La certeza de esta realidad, con tres lustros del proceso de formación del “hombre nuevo”, me obliga a citar a Simón Bolívar (1812): "Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción".