...Él me ve con cara de "sí, está bien, mamá". No, no está bien. Pero así estamos.
Discutía con mi hijo de 13 años acerca
de las razones por las que debía poner más empeño en la escuela y él me decía,
así, sin más, que va a la escuela “para estudiar”. Y yo le insistía ¿para qué estudias? Para
estudiar, respondía con el caletre básico. No, le argumenté, estudias para
aprender cosas y para llenarte de un montón de herramientas que podrás utilizar
luego, cuando las necesites, para que no sólo tu vida sea mejor sino también las de los demás.
Palabras al aire, huecas. Había
que recurrir al ejemplo.
-¿Te parece bien lo que pasó ayer
en el supermercado?
-No. Eso no está bien.
-¿Por qué?
No logró argumentar su respuesta,
así que tuve que ayudarlo un poco.
-Porque no está bien que algo que
debe ser normal tenga que convertirse en algo extraordinario para que malamente ocurra.
Los ejemplos me sobraban.
El del supermercado, era uno:
Que si el Gobierno esto, que si los guardias lo otro, que no se puede aguantar esta
situación, que todo está carísimo, que… pero todas las personas en la cola, formaditas y
calmadas. Hora y media en eso. Habla que te habla, entre chistes y anécdotas,
en medio de esa cordialidad extraña que desarrollan los desconocidos ante
ciertas circunstancias que los conectan por una vez en la vida y ya. En total,
una cola de 90 minutos para lograr llegar a la caja registradora y comprar, con
el dinero que gracias a Dios y el esfuerzo de cada día llevas en el bolsillo, 6
litros de leche –el máximo permitido por persona- en un supermercado de La
Florida, en Caracas.
El de la cédula: Que si el Saime
no te saca la cédula en sus sedes como debe ser, que eso sólo pasa en un operativo. Que debes
comenzar a pescar los operativos por Internet, porque cada día te informan en dónde hay uno y
vas y ya, "facilito". Y corre para el Parque del Oeste, sí, un parque, con el
muchacho escapado de clases para que le “saquen” la cédula en el horario “especial”,
un favorcito, pues, y ya, todos felices con ese trozo de papel mal impreso y
mal plastificado. Bueno, felices hasta que descubres año y medio más tarde que jamás
introdujeron al chamo en el sistema –como debió ocurrir- y que hasta ahora ha
hecho su vida con un papelito con su foto y un número que ningún valor real
poseen. ¿Resolverlo? Van seis meses en eso y nada en las oficinas, incluso la central, del Saime. Tal vez necesitemos otro “operativo” para
enmendar el entuerto, porque a la fecha ningún “funcionario” ha sabido qué
hacer con este caso.
El de las medicinas: Que la
abuela toma Diovan. Diovan y no otro medicamento. No diurético y en una
proporción específica. La farmaceuta de la esquina, solidaria como nadie, habla
con mi mamá por teléfono para ver bien qué puede hacer. Busca un genérico, el
único del que dispone, y acota: que se lo tome solamente en caso de emergencia, es decir, solamente si no consiguen el medicamento original. Me da una hojita con algunos
laboratorios confiables anotados a la hora de buscar otro genérico mejor para la emergencia.
¿Cómo es esto posible? Bueno, así estamos. Y busca y busca entre Caracas y
Maracay hasta lograr el preciado tesoro: dos cajas de Diovan en todo ese
recorrido. ¡Uf, qué alivio! Hemos ganado unos días a la emergencia.
-No, eso no está bien. Esas son
cosas que se deben hacer de forma normal- me dice mi hijo.
-¿Verdad?
-Sí, claro.
-Pues para eso necesito que
aprendas, para que sepas diferenciar cuando una cosa está bien y una cosa está
mal y puedas entender tus derechos y cómo reclamarlos a quienes te gobiernan,
porque ellos deben hacer su trabajo.
Él me ve con cara de "sí, está bien, mamá". No, no está bien. Pero así estamos.
