miércoles, 2 de octubre de 2013

Venezuela entre la crisis económica, el costo político y la ideología


El país ha sufrido muchos trances terribles en materia económica a lo largo de su historia contemporánea, pero al que vivimos actualmente se le añaden piedras en los bolsillos: el costo político y la ideología.

Precisamente fue el miedo al costo político el que hizo sus más costosas jugadas a fines de 2012. Hugo Chávez llegaba a su última reelección en octubre de 2012 a sabiendas de su condición física y del estado real de las bases económicas que sostenían al país y, todavía así, durante la campaña electoral pisó el acelerador del gasto público, sacó a la calle bolívares a toda costa (con respaldo real o de monopolio) para ratificar su casi seguro triunfo sin que mucho se hiciera desde sus filas de Gobierno para adelantarse y enfrentar las consecuencias de tales acciones.

Hoy, casi un año después, Venezuela es una galleta crujiente a punto de quiebre.

Aunque el petróleo, principal fuente de ingresos de la nación y, obvio, de todos los venezolanos, se ha mantenido sobre un histórico precio promedio que permite obtener 100 dólares por cada barril que Pdvsa vende, tal nivel no alcanza para sostener las necesidades de recursos de todo el país.

Cada uno de esos dólares debe ser cambiado por Pdvsa al tipo de cambio oficial de Bs 6,30. Es decir, que Pdvsa solamente percibe 6,30 bolívares por cada dólar que obtiene y, con esos bolívares, debe hacer frente a sus gastos propios, a sus inversiones y a todos los compromisos que el modelo revolucionario le endosó: viviendas, industrias, agro, mercados de alimentos,…

Los bolívares no le alcanzan.

En buena medida es por esto que se ha recurrido a la asistencia financiera de China para adelantar algunos planes de inversión, que Pdvsa ha acudido a sus socios para que le financien su parte en los proyectos petroleros conjuntos, que ha crecido la deuda interna (tras un significativo incremento de las acreencias externas) como una forma de hacer frente a los compromisos del Estado dentro del país, y que se hacen constantes manejos poco claros para mover fondos fuera del presupuesto ordinario (es decir, fuera del aprobado por el Parlamento, del que es repartido entre las regiones y del que está sujeto a rendición de cuentas). Todavía así, los recursos no alcanzan para sostener el país.

Papelillos
Por decisiones políticas y económicas Venezuela se ha llenado de bolívares. Un montón de billetes metidos en el corral del control cambiario. Muchos, casi todos, llegamos a tomar una tajada de esa oferta de bolívares, pero con los contratiempos de que tal saco de dinero cada vez compra menos en el abasto y de que su valor se empobrece más mientras se hace la cola para comprar bienes escasos, ya sea papel higiénico o dólares.

Tras años de controles y distorsiones el Estado ha llegado a tener que repartir con gotero cada dólar a la paridad oficial de Bs 6,30: una porción entre la mermada industria nacional -para que pueda importar materia prima y producir-; otra entre los importadores para traer del exterior bienes terminados -que ya no se hacen en nuestras tierras-; y otras tantas para que la misma República importe lo necesario, atienda los pagos de deuda y demás necesidades propias de un país económicamente activo.

Se trata de una nación donde la crisis es tal que el mismo Estado, aunque lo niegue, alimenta a diario el temerario negocio ilegal de las divisas y lo subsidia. Quien alcanza a poseer un dólar a Bs 6,30 entregado por Cadivi sabe que en minutos encontrará a alguien dispuesto a comprárselo por casi seis veces ese valor. Se trata de un negocio demasiado lucrativo y, por ello, creciente.

Se tranca la rueda
Por una razón o por otra, Venezuela se enfrenta casi que cada año a un proceso comicial lo que, como lastre, suele traer retrasos en las decisiones económicas, así como recurrentes prácticas populistas y discursos cargados de ideología “socialista”.

Esos procesos electorales siempre hacen que la balanza privilegie el costo político sobre el eventual beneficio de una determinada medida de interés nacional. O sea, pesa más el miedo a perder elecciones que el temor a llevar al país al barranco. Hay elecciones, otra vez, el 8 de diciembre de este año.

Pero con la ausencia de Hugo Chávez, tras su muerte a inicios de 2013, el asunto ideológico ha logrado engordar más al momento de medir opciones, recoger errores, palabras y promesas. De hecho, aunque el aumento de los precios ronde la tasa de 40% anual, la escasez de productos básicos esté en 20% (dicho por el propio Estado), aunque falle el sistema eléctrico, decline la producción petrolera, caiga la manufactura local y los ilícitos de toda índole estén a la orden del día, las decisiones correctivas de fondo nunca se toman. Se postergan, se disfrazan. El país lleva ya un año así.

En el discurso ideológico del socialismo del Siglo XXI, que Chávez no terminó de modelar, se ha tildado de enemigos a los empresarios, a los potenciales inversionistas, a la banca, a los medios de comunicación, a quienes tienen una posición política distinta, a las universidades autónomas, y a un largo etcétera, lo que hace pensar que es imposible cualquier acuerdo entre todos estos sectores del país y el Gobierno para hacerle frente a la crisis, aunque se trate de un acuerdo lógico y de una muestra de madurez política para garantizar la estabilidad, que a todos conviene, mientras se regresa al equilibrio económico.

Sin un liderazgo político e ideológico real desde las filas de quienes manejan el poder, es lógico pensar que el triángulo se abre ante nosotros sin que algo se resuelva entre crisis económica, costo político e ideología.
Veremos.