...Acerca de Venezuela y su urgente necesidad de cambios mágicos.
La gente daba golpes con cucharones, paletas de madera, con
lo que fuera, a sus ollas y sartenes. Una y otra vez. Una y otra vez. Era un
cacerolazo, me dijeron luego. Recuerdo una noche en particular. Ese día supe que
mi pequeño sobrino había sido diagnosticado con fiebre reumática. No sabía bien
lo que eso significaba, pero sí que con ello se explicaban las cosas que venían
afectando su salud. Yo lloraba por eso
tan personal y que lucía minúsculo para la Humanidad mientras en la
urbanización el resto caceroleaba sin cesar rogando para que Carlos Andrés
Pérez dejara de gobernar.
Pérez, el hombre que agitaba con
energía los brazos bajo su amplia colección de chaquetas de cuadros, había sido
electo por una mayoría de venezolanos que recordaba la gloria de su primer
Gobierno, en los años 70, chorreante de petróleo y de dólares. La Venezuela
saudita, llamaban a esa época, y todos la extrañaban. Lo peor era que ese “todos”
creía que la época era inherente a Pérez y no a las circunstancias del país, de
la economía y del mundo en general. Así que cuando pretendió volver a
Miraflores la gente aupó a Pérez como a Houdini, a la espera de que se zafara de
las cadenas bajo las aguas y empezara a repartir dólares como papelillos en
carnaval. Pero no era mago, era un hombre ejerciendo el poder en 1989, con una
crisis económica muy parecida a la de Venezuela en 2014 y con la desagradable
realidad de que no había dinero.
Así que no pasó mucho para que
ese mismo “todos” que le dio apoyo, se
lanzara a vitorear a un hombre desconocido, que tan solamente habló unos pocos segundos
por televisión, con una boina de medio lado, tras participar en un golpe de
Estado en 1992 con un terrible saldo de heridos, muertos y una Constitución
violentada. Ese hombre, de pronto, era Houdini personificado. Tanto así que,
tras medio pagar por su irrespeto a las promesas sagradas de su investidura
militar, llegó al poder muy pronto. En 1999 ya estaba en Miraflores electo por
esa misma mayoría de “todos” que años antes catapultaría a Pérez al Gobierno.
Ahora, en 2014, tras morir Hugo
Chávez luego de intentos de golpe de Estado y conflictividad extrema, y con el
cese de su dominio de las artes militares y de las miserias civiles, Venezuela
vuelve a la crisis. Nuevamente hay cacerolas. Esta semana una amiga pasó dos
días tratando de llevar a su esposo al médico porque le era imposible transitar
por las calles repletas de barricadas y
protestas contra Nicolás Maduro (mejor conocido políticamente como el
hijo de Chávez). Un micro-problema personal en medio de la furia global.
Todo arde, todo se convulsiona.
Mi sobrino ha gozado de buena
salud, gracias a Dios, y ya lleva tres años viviendo fuera de Venezuela,
intentando construirse un futuro mejor del que le ofrecía este país. Me duele
tanto su partida como su diagnóstico de la infancia. Las cacerolas siguen sonando. Nadie milita,
nadie construye cambios, todos esperan el acto de magia. Estamos a la espera
del nuevo Houdini, entre humaredas y guarimbas. Décadas y décadas de espera sin
aprender.
