sábado, 22 de febrero de 2014

Actos de magia

...Acerca de Venezuela y su urgente necesidad de cambios mágicos.


La gente daba golpes con cucharones, paletas de madera, con lo que fuera, a sus ollas y sartenes. Una y otra vez. Una y otra vez. Era un cacerolazo, me dijeron luego. Recuerdo una noche en particular. Ese día supe que mi pequeño sobrino había sido diagnosticado con fiebre reumática. No sabía bien lo que eso significaba, pero sí que con ello se explicaban las cosas que venían afectando su salud.  Yo lloraba por eso tan personal y que lucía minúsculo para la Humanidad mientras en la urbanización el resto caceroleaba sin cesar rogando para que Carlos Andrés Pérez dejara de gobernar.

Pérez, el hombre que agitaba con energía los brazos bajo su amplia colección de chaquetas de cuadros, había sido electo por una mayoría de venezolanos que recordaba la gloria de su primer Gobierno, en los años 70, chorreante de petróleo y de dólares. La Venezuela saudita, llamaban a esa época, y todos la extrañaban. Lo peor era que ese “todos” creía que la época era inherente a Pérez y no a las circunstancias del país, de la economía y del mundo en general. Así que cuando pretendió volver a Miraflores la gente aupó a Pérez como a Houdini, a la espera de que se zafara de las cadenas bajo las aguas y empezara a repartir dólares como papelillos en carnaval. Pero no era mago, era un hombre ejerciendo el poder en 1989, con una crisis económica muy parecida a la de Venezuela en 2014 y con la desagradable realidad de que no había dinero.

Así que no pasó mucho para que ese mismo “todos” que le dio apoyo,  se lanzara a vitorear a un hombre desconocido, que tan solamente habló unos pocos segundos por televisión, con una boina de medio lado, tras participar en un golpe de Estado en 1992 con un terrible saldo de heridos, muertos y una Constitución violentada. Ese hombre, de pronto, era Houdini personificado. Tanto así que, tras medio pagar por su irrespeto a las promesas sagradas de su investidura militar, llegó al poder muy pronto. En 1999 ya estaba en Miraflores electo por esa misma mayoría de “todos” que años antes catapultaría a Pérez al Gobierno.

Ahora, en 2014, tras morir Hugo Chávez luego de intentos de golpe de Estado y conflictividad extrema, y con el cese de su dominio de las artes militares y de las miserias civiles, Venezuela vuelve a la crisis. Nuevamente hay cacerolas. Esta semana una amiga pasó dos días tratando de llevar a su esposo al médico porque le era imposible transitar por las calles repletas de barricadas y  protestas contra Nicolás Maduro (mejor conocido políticamente como el hijo de Chávez). Un micro-problema personal en medio de la furia global.

Todo arde, todo se convulsiona.


Mi sobrino ha gozado de buena salud, gracias a Dios, y ya lleva tres años viviendo fuera de Venezuela, intentando construirse un futuro mejor del que le ofrecía este país. Me duele tanto su partida como su diagnóstico de la infancia.  Las cacerolas siguen sonando. Nadie milita, nadie construye cambios, todos esperan el acto de magia. Estamos a la espera del nuevo Houdini, entre humaredas y guarimbas. Décadas y décadas de espera sin aprender.