jueves, 20 de marzo de 2014

Venezuela, el país que muere de mengua

...A lo largo de 15 años de proceso, Chávez y quienes lo acompañaron se empeñaron en destruir las instituciones de manera sistemática. Hoy pagamos el precio.

Venezuela hoy no cuenta con ingresos petroleros y tributarios suficientes para cubrir sus abundantes gastos, padece un ritmo de aumento mensual de los precios que algunas naciones sólo sufren al paso de dos años y, como añadido, vive una escasez histórica de todo lo imaginable: alimentos, medicinas, repuestos para carros, papel para periódicos, agroquímicos para cultivar, pasta de dientes, ...

Es la Venezuela petrolera, alguna vez llamada saudita, solo que ahora es conocida como la Venezuela de la revolución.

“Un proceso revolucionario tiene que destruir para poder construir”, dijo Fidel Castro el 2 de enero de 1961. Tras esas palabras, transcritas y divulgadas oficialmente por el Gobierno de Cuba, se lee “(aplausos)”.

Muchos cubanos aplaudían entonces a la revolución naciente, al embrión latinoamericano del proyecto político de la izquierda, a la cajita de música que se contempla cada vez que alguien tiene la ensoñación de la bailarina de ballet, que al final resulta de mentira, aunque gira y gira sin parar.

Suman casi setenta años de giros sin que nada pase y sin que el futuro prometido los alcance como sociedad.

Aun así, Venezuela siguió estos pasos, pues había que repartir la renta petrolera entre todos para acabar con las desigualdades sociales, una premisa que sólo un enfermo no apoyaría. Y Hugo Chávez emprendió su proceso revolucionario “a la venezolana” apoyado por la mayoría de las mayorías, eso sí, haciendo cambios sostenidos en el sistema para lograr su cometido, pero con progresión y evitando brusquedades que pusieran en riesgo su continuidad en el poder. Él se decidió por ir matando al enemigo de a poco. De mengua.

Había una zanahoria al final de la cuerda en recompensa para quienes creyeran en su oferta futura de un cambio hacia el bienestar mientras todo ocurría. Siempre después, siempre a punto de conquistar esa frontera, siempre con un enemigo en contra, y la estrategia le funcionó así por 14 años. Tras su muerte hay poco discurso y poca estrategia que sostengan la cuerda, pero ahora todo versa en la promesa de cumplir lo prometido por Chávez. Y nada más.

No obstante, la revolución sigue.

Lo malo de todo es que, a lo largo de 15 años de proceso, Chávez y quienes lo acompañaron se empeñaron en destruir las instituciones de manera sistemática. Había que destrozar a mandarriazos esas piedras que son valiosas para las sociedades, que se levantan con el esfuerzo conjunto de años y que a todos sirven de ancla, de referente, de brújula. Había que hacerlo y en Venezuela todas fueron deshechas bajo la premisa de que estaban corrompidas por el sistema político de la llamada Cuarta República (De seguro acá habría “aplausos”).

El Premio Nobel de Economía 1993, Douglas C. North, describe muy bien a las  instituciones: “son las reglas del juego en una sociedad o, más formalmente, las limitaciones ideadas por el hombre que dan forma a la interacción humana”. Estas limitaciones, como tales, deben ir ajustándose y moviéndose en función de la evolución social. Pero el mundo que gira día a día con la historia de toda la Humanidad a cuestas nos muestra que el derrumbe abrupto de estos tótems de sabiduría común levantados por años es un pecado que se paga caro.

Según René Descartes, a “estos grandes cuerpos políticos, es muy difícil levantarlos, una vez que han sido derribados, o aun sostenerlos en pie cuando se tambalean, y sus caídas son necesariamente muy duras”.

En su opinión, “no sería en verdad sensato que un particular se propusiera reformar un Estado cambiándolo todo, desde los cimientos, y derribándolo para enderezarlo”.

Sólo sé, por la vivencia de 15 años de mi vida en la edad más productiva sometidos a este robo diario de oportunidades, que la idea loca de destruir para construir no conduce más que al empobrecimiento, al desconocimiento de la institucionalidad, a la precarización de las soluciones y a una sociedad dependiente, irracional y desprovista de la capacidad real de aspirar a algo mejor.

Mengua total.