...A lo largo de 15 años de proceso, Chávez y quienes lo acompañaron se empeñaron en destruir las instituciones de manera sistemática. Hoy pagamos el precio.
Venezuela hoy no cuenta con ingresos petroleros y
tributarios suficientes para cubrir sus abundantes gastos, padece un ritmo de
aumento mensual de los precios que algunas naciones sólo sufren al paso de
dos años y, como añadido, vive una escasez histórica de todo lo imaginable:
alimentos, medicinas, repuestos para carros, papel para periódicos,
agroquímicos para cultivar, pasta de dientes, ...
Es la Venezuela petrolera, alguna vez llamada
saudita, solo que ahora es conocida como la Venezuela de la revolución.
“Un proceso revolucionario tiene que destruir
para poder construir”, dijo Fidel Castro el 2 de enero de 1961. Tras esas
palabras, transcritas y divulgadas oficialmente por el Gobierno de Cuba, se lee
“(aplausos)”.
Muchos cubanos aplaudían entonces a la revolución
naciente, al embrión latinoamericano del proyecto político de la izquierda, a
la cajita de música que se contempla cada vez que alguien
tiene la ensoñación de la bailarina de ballet, que al final resulta de
mentira, aunque gira y gira sin parar.
Suman casi setenta años de giros sin que nada
pase y sin que el futuro prometido los alcance como sociedad.
Aun así, Venezuela siguió estos pasos, pues había
que repartir la renta petrolera entre todos para acabar con las desigualdades
sociales, una premisa que sólo un enfermo no apoyaría. Y Hugo Chávez emprendió
su proceso revolucionario “a la venezolana” apoyado por la mayoría de las
mayorías, eso sí, haciendo cambios sostenidos en el sistema para lograr su
cometido, pero con progresión y evitando brusquedades que pusieran en
riesgo su continuidad en el poder. Él se decidió por ir matando al enemigo de a
poco. De mengua.
Había una zanahoria al final de la cuerda en recompensa
para quienes creyeran en su oferta futura de un cambio hacia el bienestar
mientras todo ocurría. Siempre después, siempre a punto de conquistar esa
frontera, siempre con un enemigo en contra, y la estrategia le funcionó así por
14 años. Tras su muerte hay poco discurso y poca estrategia que sostengan
la cuerda, pero ahora todo versa en la promesa de cumplir lo prometido por
Chávez. Y nada más.
No obstante, la revolución sigue.
Lo malo de todo es que, a lo largo de 15 años de
proceso, Chávez y quienes lo acompañaron se empeñaron en destruir las
instituciones de manera sistemática. Había que destrozar a mandarriazos esas
piedras que son valiosas para las sociedades, que se levantan con el esfuerzo
conjunto de años y que a todos sirven de ancla, de referente, de brújula. Había
que hacerlo y en Venezuela todas fueron deshechas bajo la premisa de que
estaban corrompidas por el sistema político de la llamada Cuarta República (De
seguro acá habría “aplausos”).
El Premio Nobel de Economía 1993, Douglas C. North,
describe muy bien a las instituciones:
“son las reglas del juego en una sociedad o, más formalmente, las limitaciones
ideadas por el hombre que dan forma a la interacción humana”. Estas
limitaciones, como tales, deben ir ajustándose y moviéndose en función de la
evolución social. Pero el mundo que gira día a día con la historia de toda la
Humanidad a cuestas nos muestra que el derrumbe abrupto de estos tótems de
sabiduría común levantados por años es un pecado que se paga caro.
Según René Descartes, a “estos grandes cuerpos
políticos, es muy difícil levantarlos, una vez que han sido derribados, o aun
sostenerlos en pie cuando se tambalean, y sus caídas son necesariamente muy
duras”.
En su opinión, “no sería en verdad sensato que un
particular se propusiera reformar un Estado cambiándolo todo, desde los
cimientos, y derribándolo para enderezarlo”.
Sólo sé, por la vivencia de 15 años de mi vida en
la edad más productiva sometidos a este robo diario de oportunidades, que la
idea loca de destruir para construir no conduce más que al
empobrecimiento, al desconocimiento de la institucionalidad, a la precarización
de las soluciones y a una sociedad dependiente, irracional y desprovista de la
capacidad real de aspirar a algo mejor.
Mengua total.
