El 30 de diciembre de 1986 mi hermano mayor murió por efecto de un disparo en un asalto y nada se hizo con respecto a su asesino, la policía jamás avanzó sobre el caso, que se convirtió en una estadística más dentro de las muchas de entonces, y listo. Pero hablo de diciembre de 1986, no de la Venezuela de 2014 en la que estamos hoy, donde el Gobierno dejó de dar las cifras de muertos por violencia porque son sencillamente inaceptables, lo que me demuestra que en verdad nunca hicimos algo como sociedad para corregir errores tan graves y tan degradantes para una sociedad, y que solamente nos quedamos envueltos en añoranzas y en sueños sin asidero alguno. El país, en su mayoría, terminó por endosarle la responsabilidad de una solución a quienes decían lo que se quería escuchar y nada más.
2014 ha sido un mal año, dicen muchos amigos, y sí, en verdad, este añito se ha jugado muchos números como para ganarse el premio gordo. Pero no sé si podemos seguir viendo lo malo como algo ajeno a nosotros mismos o si, en parte por lo gráfico que ha sido al respecto el 2014, ya llegó la hora de comenzar a notar que somos parte de cuanto ocurre, que somos ejecutores de mucho de lo que acontece y que seguimos de largo sin detenernos ante lo que podemos corregir ya sea por miedo, por comodidad, por una sobrecarga de obligaciones o por tantas posibles razones como seres humanos hay. Y quizá eso explique la impunidad en lo que le pasó a mi hermano y así millones de hechos dolorosos y horrendo que signaron a Venezuela en los últimos treinta años y sobre los que, de una u otra manera, dejamos de hacer lo que había que hacer.
En todo caso quiero decir que he tenido discusiones memorables con gente muy querida porque he diferido sobre sus apasionamientos políticos, ya que para mí la política, lejos de lo que parece su esencia, no es un partido de béisbol, es decir, un asunto de pasiones sino de razonamientos. De hecho, desde que he tenido la oportunidad, y vale decir que desde muy joven, defiendo el pensamiento crítico y lo estimulo desde todos los ámbitos en los que me desenvuelvo, porque sé que es la herramienta más cercana que tenemos para avanzar en la toma del control de nuestro destino.
He emprendido cualquier acción con compromiso, sabiendo que mis actos afectan a otros, con la mayor conciencia de mi responsabilidad, y añoro que esto se convierta en una práctica generalizada que permita la vida en comunidad. Aplaudo el rigor, pero soy una entusiasta promotora de la creatividad, porque comprendo que ambos elementos son determinantes para nuestro crecimiento y nuestro disfrute. Creo en la especialización y en la profesionalización de las personas, así como en el progreso y en la superación, porque no me resigno a la cómoda aplicación de un rasero que nos mande hacia debajo de quienes, generalmente por conservar el dominio del poder, creen que así es más fácil manejar a las masas. Y sé, desde lo más profundo de mi corazón triste a causa de esta efeméride, que con un poco más de esfuerzo individual en la verdadera búsqueda de información y con unos toques más de autoevaluación y criticidad, las cosas serían mucho mejores para todos.
En fin, cosas de fin de año.
