jueves, 26 de febrero de 2015

Escasez de principios

...Este modelo “revolucionario” ha terminado por abonar los terrenos que tanto criticó en sus inicios.



Una muy querida amiga que vive en el exterior desde nuestros tiempos de quinceañeras me preguntó hace tan solo unos días cómo era realmente el asunto de la escasez de productos básicos en Venezuela, porque no quería dejarse llevar por lo que veía “en las noticias”.

Confieso que me resultó difícil darle una explicación que sonara racional, porque si le hubiera dado la primera que vino a mi mente sé que ella habría rememorado aquellas imágenes que desde nuestra adolescencia nos atormentan, como las de la trágica crisis alimentaria de Somalia. Pero no estamos así. No.

No debía exagerar a la hora de narrarle la degradación a la que ha sido sometida la población de Venezuela. No hace falta. De hecho, he podido incluso recordarle que desde hace 14 años existe una red del Estado que distribuye productos alimenticios a precios subsidiados gracias al torrente de ingresos petroleros con los que contó la nación, mientras se aplicaba un riguroso control de precios de bienes y servicios –con altas penalizaciones, que incluyen la cárcel y la expropiación- y una limitación absoluta al cambio de bolívares por divisas extranjeras.

Esto, en una primera mirada, puede lucir positivo para los más excluidos, pues les permitió el acceso a muchos productos que antes no podían comprar. Pero luego, con la degeneración propia de los años y de los sistemas inamovibles, de la corrupción inevitable que alimenta la sobrevaluación del bolívar y del afán por reforzar los controles con controles adicionales, todo terminó por traducirse en un brutal aumento de los precios y en una escasez que raya en lo inverosímil.  Tan es así que el Estado dejó de proveer con regularidad las cifras de inflación y de escasez en Venezuela, como si de gatos jugando con su arena se tratara.

Así que responderle era un asunto difícil.

Bueno -intenté argumentar- puede que hoy acudas a un supermercado y encuentres un pasillo completo lleno de refrescos y de nada más, porque la idea es que no se vean los anaqueles vacíos; pero puede que esos superfluos y dañinos refrescos que un día abundaron de pronto ya no estén y los extrañes. Suena trivial, pero eso mismo ocurre con el agua mineral que, de forma intermitente, aparece y desaparece de los puestos de venta; junto a las toallas sanitarias, la leche, el café, el detergente para lavar la ropa, el cloro y la pasta.

La carne y el pollo son bienes que es preciso perseguir de un comercio a otro. Si se está dispuesto a pagar un precio muy alejado de las regulaciones del Estado es muy probable que se les encuentre, pero eso no ocurre en los supermercados ni en las demás líneas de venta altamente supervisadas por las fuerzas fiscalizadoras del Gobierno, solo pasa en los pequeños expendios o en los más informales comercios donde se atreven a ofrecer estos rubros al mejor postor.

Lo cierto es que desde 2007 existe una oferta limitada de productos (cada vez más limitada, por cierto), fruto del control de cambios que merma las importaciones de bienes terminados y de materias primas para manufacturar en el país; además de unos precios irreales de venta regulados por el Gobierno (vale mencionar, a modo de ejemplo de esta distorsión, que recientemente el Estado permitió el aumento del precio del kilo de carne de primera desde Bs 27,29 a Bs 220); y a un sector productivo minimizado tras fuertes procesos de expropiación, de cobros de impuestos y de limitación a los naturales procesos de manufactura y almacenamiento de rubros, debido a modificaciones legales de todo tipo, entre otras prácticas.

Aun así, seguimos comiendo y seguimos viviendo, con la desaparición de decenas de marcas, de presentaciones, de estilos, de opciones para elegir.


Pero esta distorsión tan tremenda en las normas naturales de todo mercado ha hecho florecer una nueva forma de empleo que, de seguro, debe estimular a muchos a creer que la gestión del Gobierno venezolano es positiva. Se trata de centenares de personas que a diario acuden a los puntos de venta de productos regulados e invierten horas en largas colas hasta que logran comprar, al irreal precio subsidiado impuesto por el Gobierno, bienes que son escasos y que son necesitados por todos (leche, medicinas, pañales, azúcar, repuestos para carros, desodorantes, papel higiénico, harina,…) y que luego revenden en las calles o a través de complejas redes, que se profesionalizan más cada día, con sobreprecios de 100 a 500%, o más, según el rubro.

No es de extrañar que los muchachos que hasta hace poco se dedicaban a embolsar las compras en las puertas de los supermercados ya no estén, pues en la actualidad se dedican a este nuevo oficio, bautizado por el Gobierno como “bachaqueo” y del que seguramente obtienen, con menos esfuerzos, montos superiores a los que recibían de propina de parte de los clientes.

Así que ir al mercado, que hace unos años era un asunto que las familias atendían cada quince días o semanalmente, según la programación y los ingresos de cada quien, se ha convertido en un asunto del día a día, de pararse en los comercios donde se observa una fila de personas para averiguar “qué llegó”, “qué están vendiendo” y en “cuántas unidades por persona”; cuestión de ver las bolsas plásticas que los demás llevan en las manos y preguntarles “dónde compró eso”.

Ahora los amigos llegan de visita a la casa con un flamante pote de lavaplatos como obsequio y, en retribución, se hace el intento de comprar en la siguiente cola un frasco adicional de champú para dárselos la próxima vez que haya un encuentro.

Es obvio que, tras todas estas reflexiones, contestarle era una tarea más que difícil. La única frase posible era “se vive con lo que hay”. De hecho, el sí hay y el no hay determinan nuestra cotidianidad. Pero al enunciar esa frase me llegó la indignación, esa cosa agria que produce saberse reducido, minimizado y animalizado, por la acción de unos pocos a los que el destino les ha permitido ejercer el poder sobre una mayoría dispersa.

 Y al final solamente es posible constatar que este modelo “revolucionario” ha terminado por abonar los terrenos que tanto criticó en sus inicios, pues gracias a su gestión ha potenciado la posibilidad de que quienes más tienen pueden hacerse con lo que necesitan sin penurias innecesarias (ni ocho horas de cola, captahuellas, restricción de unidades por persona ni programaciones de compras según el terminal de la cédula de identidad).

La reflexión, en términos reales no fue tan larga como luce cuando se intenta describirla con palabras. Realmente fueron segundos al teléfono en un recorrido instantáneo de ideas: Querida amiga, creo que la verdadera escasez que tenemos en Venezuela es de principios.