sábado, 22 de marzo de 2014

¿Te parece bien lo que pasó ayer en el supermercado?


...Él me ve con cara de "sí, está bien, mamá". No, no está bien. Pero así estamos.


Discutía con mi hijo de 13 años acerca de las razones por las que debía poner más empeño en la escuela y él me decía, así, sin más, que va a la escuela “para estudiar”. Y yo le insistía ¿para qué estudias? Para estudiar, respondía con el caletre básico. No, le argumenté, estudias para aprender cosas y para llenarte de un montón de herramientas que podrás utilizar luego, cuando las necesites, para que no sólo tu vida sea mejor sino también las de los demás.

Palabras al aire, huecas. Había que recurrir al ejemplo.

-¿Te parece bien lo que pasó ayer en el supermercado?

-No. Eso no está bien.

-¿Por qué?

No logró argumentar su respuesta, así que tuve que ayudarlo un poco.

-Porque no está bien que algo que debe ser normal tenga que convertirse en algo extraordinario para que malamente ocurra.

Los ejemplos me sobraban.

El del supermercado, era uno: Que si el Gobierno esto, que si los guardias lo otro, que no se puede aguantar esta situación, que todo está carísimo, que… pero todas las personas en la cola, formaditas y calmadas. Hora y media en eso. Habla que te habla, entre chistes y anécdotas, en medio de esa cordialidad extraña que desarrollan los desconocidos ante ciertas circunstancias que los conectan por una vez en la vida y ya. En total, una cola de 90 minutos para lograr llegar a la caja registradora y comprar, con el dinero que gracias a Dios y el esfuerzo de cada día llevas en el bolsillo, 6 litros de leche –el máximo permitido por persona- en un supermercado de La Florida, en Caracas.

El de la cédula: Que si el Saime no te saca la cédula en sus sedes como debe ser, que eso sólo pasa en un operativo. Que debes comenzar a pescar los operativos por Internet, porque cada día te informan en dónde hay uno y vas y ya, "facilito". Y corre para el Parque del Oeste, sí, un parque, con el muchacho escapado de clases para que le “saquen” la cédula en el horario “especial”, un favorcito, pues, y ya, todos felices con ese trozo de papel mal impreso y mal plastificado. Bueno, felices hasta que descubres año y medio más tarde que jamás introdujeron al chamo en el sistema –como debió ocurrir- y que hasta ahora ha hecho su vida con un papelito con su foto y un número que ningún valor real poseen. ¿Resolverlo? Van seis meses en eso y nada en las oficinas, incluso la central, del Saime. Tal vez necesitemos otro “operativo” para enmendar el entuerto, porque a la fecha ningún “funcionario” ha sabido qué hacer con este caso.

El de las medicinas: Que la abuela toma Diovan. Diovan y no otro medicamento. No diurético y en una proporción específica. La farmaceuta de la esquina, solidaria como nadie, habla con mi mamá por teléfono para ver bien qué puede hacer. Busca un genérico, el único del que dispone, y acota: que se lo tome solamente en caso de emergencia, es decir, solamente si no consiguen el medicamento original. Me da una hojita con algunos laboratorios confiables anotados a la hora de buscar otro genérico mejor para la emergencia. ¿Cómo es esto posible? Bueno, así estamos. Y busca y busca entre Caracas y Maracay hasta lograr el preciado tesoro: dos cajas de Diovan en todo ese recorrido. ¡Uf, qué alivio! Hemos ganado unos días a la emergencia.

-No, eso no está bien. Esas son cosas que se deben hacer de forma normal- me dice mi hijo.

-¿Verdad?

-Sí, claro.


-Pues para eso necesito que aprendas, para que sepas diferenciar cuando una cosa está bien y una cosa está mal y puedas entender tus derechos y cómo reclamarlos a quienes te gobiernan, porque ellos deben hacer su trabajo.

Él me ve con cara de "sí, está bien, mamá". No, no está bien. Pero así estamos.

jueves, 20 de marzo de 2014

Venezuela, el país que muere de mengua

...A lo largo de 15 años de proceso, Chávez y quienes lo acompañaron se empeñaron en destruir las instituciones de manera sistemática. Hoy pagamos el precio.

Venezuela hoy no cuenta con ingresos petroleros y tributarios suficientes para cubrir sus abundantes gastos, padece un ritmo de aumento mensual de los precios que algunas naciones sólo sufren al paso de dos años y, como añadido, vive una escasez histórica de todo lo imaginable: alimentos, medicinas, repuestos para carros, papel para periódicos, agroquímicos para cultivar, pasta de dientes, ...

Es la Venezuela petrolera, alguna vez llamada saudita, solo que ahora es conocida como la Venezuela de la revolución.

“Un proceso revolucionario tiene que destruir para poder construir”, dijo Fidel Castro el 2 de enero de 1961. Tras esas palabras, transcritas y divulgadas oficialmente por el Gobierno de Cuba, se lee “(aplausos)”.

Muchos cubanos aplaudían entonces a la revolución naciente, al embrión latinoamericano del proyecto político de la izquierda, a la cajita de música que se contempla cada vez que alguien tiene la ensoñación de la bailarina de ballet, que al final resulta de mentira, aunque gira y gira sin parar.

Suman casi setenta años de giros sin que nada pase y sin que el futuro prometido los alcance como sociedad.

Aun así, Venezuela siguió estos pasos, pues había que repartir la renta petrolera entre todos para acabar con las desigualdades sociales, una premisa que sólo un enfermo no apoyaría. Y Hugo Chávez emprendió su proceso revolucionario “a la venezolana” apoyado por la mayoría de las mayorías, eso sí, haciendo cambios sostenidos en el sistema para lograr su cometido, pero con progresión y evitando brusquedades que pusieran en riesgo su continuidad en el poder. Él se decidió por ir matando al enemigo de a poco. De mengua.

Había una zanahoria al final de la cuerda en recompensa para quienes creyeran en su oferta futura de un cambio hacia el bienestar mientras todo ocurría. Siempre después, siempre a punto de conquistar esa frontera, siempre con un enemigo en contra, y la estrategia le funcionó así por 14 años. Tras su muerte hay poco discurso y poca estrategia que sostengan la cuerda, pero ahora todo versa en la promesa de cumplir lo prometido por Chávez. Y nada más.

No obstante, la revolución sigue.

Lo malo de todo es que, a lo largo de 15 años de proceso, Chávez y quienes lo acompañaron se empeñaron en destruir las instituciones de manera sistemática. Había que destrozar a mandarriazos esas piedras que son valiosas para las sociedades, que se levantan con el esfuerzo conjunto de años y que a todos sirven de ancla, de referente, de brújula. Había que hacerlo y en Venezuela todas fueron deshechas bajo la premisa de que estaban corrompidas por el sistema político de la llamada Cuarta República (De seguro acá habría “aplausos”).

El Premio Nobel de Economía 1993, Douglas C. North, describe muy bien a las  instituciones: “son las reglas del juego en una sociedad o, más formalmente, las limitaciones ideadas por el hombre que dan forma a la interacción humana”. Estas limitaciones, como tales, deben ir ajustándose y moviéndose en función de la evolución social. Pero el mundo que gira día a día con la historia de toda la Humanidad a cuestas nos muestra que el derrumbe abrupto de estos tótems de sabiduría común levantados por años es un pecado que se paga caro.

Según René Descartes, a “estos grandes cuerpos políticos, es muy difícil levantarlos, una vez que han sido derribados, o aun sostenerlos en pie cuando se tambalean, y sus caídas son necesariamente muy duras”.

En su opinión, “no sería en verdad sensato que un particular se propusiera reformar un Estado cambiándolo todo, desde los cimientos, y derribándolo para enderezarlo”.

Sólo sé, por la vivencia de 15 años de mi vida en la edad más productiva sometidos a este robo diario de oportunidades, que la idea loca de destruir para construir no conduce más que al empobrecimiento, al desconocimiento de la institucionalidad, a la precarización de las soluciones y a una sociedad dependiente, irracional y desprovista de la capacidad real de aspirar a algo mejor.

Mengua total.

martes, 4 de marzo de 2014

¿Ideologización para el progreso?

                                                no trata de elevar al Pueblo a su dignidad
El que pretende reinar              no trata de enseñar para que lo conozcan
                                                no trata de dar fuerzas para que le resistan
                                                                                      Simón Rodríguez




La planificación y la estrategia marcaron buena parte de la gestión de Hugo Chávez en Venezuela, al margen de si los resultados inmediatos de sus decisiones en lo económico y social sirvieran o no. Él, militar al fin, quería hacer funcionar el modelo político que delineaba en su cabeza y supo que necesitaba el paso de generaciones de venezolanos formados bajo su batuta para lograrlo. El cambio real no ocurriría de un día para otro.

En agosto de 2007 confesó que había sostenido dilatadas conversaciones con Daniel Ortega, líder sandinista de Nicaragua; Fidel Castro, artífice de la Revolución Cubana, y Alexander Lukashenko, presidente de Belarús y testigo de la era soviética, gracias a las cuales llegó a la conclusión de que hubo un desacierto común en estos procesos revolucionarios: la premura.

Por eso descubrió que los cambios debían darse progresivamente, acelerando y desacelerando, según las circunstancias.

Aunque él ya no está, sus seguidores parecen mantener la estrategia.

El ministro de Educación, Héctor Torres, recientemente en un foro sobre erradicación de la pobreza, sostuvo con claridad que “tenemos que ver, medir, tener la capacidad de garantizar que el esfuerzo que estamos haciendo tiene el impacto que estamos buscando: ir, progresivamente, sacando a los sectores que están en condiciones más precarias de esa situación. Y eso tiene que estar acompañado de mucha organización política, de mucho debate. No es que vamos a sacar a la gente de la pobreza, para llevarla a la clase media, para que después aspiren a ser escuálidos”.

Se trata de formación e ideologización, pero exterminando la capacidad de decisión del individuo. Un sacrificio para lograr la causa común.

La certeza de esta realidad, con tres lustros del proceso de formación del “hombre nuevo”, me obliga a citar a Simón Bolívar (1812): "Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción".