Érase una vez un país, grande dentro
de todo, sin caer en los problemas propios de los territorios con gigantismo,
que poseía todos los escenarios imaginables para artistas y soñadores, los
tesoros más preciados por gobernantes, planificadores y ladrones de oficio, una
tierra generosa y productiva, y una población tan mansa y tan brava que más de
una vez hizo piruetas alocadas en su historia como lo hacen el aceite y el agua
cuando se les mezcla en una botella.
En ese lugar, años atrás, un escritor
creó a un personaje muy peculiar. Su creación logró concentrar la esencia de
esa población mansa-brava o quién sabe, o quizá la condenó con su marca de Caín
a ser lo que es, aunque esto último sería endilgarle una trascendencia absoluta
a ese autor con quien no comulgo plenamente. En todo caso, Eudomar Santos -el
personaje- se pavoneaba por su vida de telenovela haciéndole frente a las
contingencias del día a día con un “cómo vaya viniendo vamos viendo”.
Un pueblo, una tierra, unos tesoros…
y el devenir realengo, a la buena de Dios. Venezuela.
Desde la década de los noventa,
cuando Eudomar se hizo famoso, han pasado unos veinte años, vidas enteras,
páginas de nación escritas a pulso, y todo con una constante: la incertidumbre.
“Compañeros: Lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos
planteamos no fueron logrados”, ¿Habrá elecciones o no?, ¿De verdad renunció o
“la aceptó”?, ¿El presidente está vivo o está muerto?, ¿El próximo año existirá
la posibilidad de que cualquier mortal pueda cambiar los bolívares que ganó con
su trabajo por dólares porque sí, porque quiere, porque le da la gana?,
¿Devaluarán?, ¿Tendré trabajo el mes que viene después de las elecciones o de
que me busquen en la “lista Tascón” o en “la lista Maisanta” o en la lista que
mejor les guste?, ¿Me expropiarán y todo eso…?
Y ahora, como si faltaran elementos a
la ruleta rusa de nuestro día a día, el Gobierno piensa controlar el consumo de
cada persona en este país. Siempre, porque siempre es así, la medida tiene un
fin loable: evitar el contrabando y la reventa de productos; pero como siempre,
porque siempre es así, la medida solamente logrará agudizar los males de
escasez y de inflación en el país, pero con el añadido de un riguroso control del consumo
individual.
Y así seguirán nuestros días: hoy tengo trabajo, mañana no; hoy conseguí leche, ayer no; hoy sobreviví a un atraco, mañana quién sabe.
Como sociedad hemos “sobrevivido” muchos
años, gracias al petróleo en buena medida, pero eso de ser el país del nunca se sabe, apostando a la suerte y a la buena fortuna, debe ser algo con fecha de vencimiento.
¿Podremos seguir "sobreviviendo" y "resolviendo" sobre la marcha? ¿O terminaremos mutando en una clase de sociedad difícil de imaginar?


