miércoles, 20 de agosto de 2014

El país del nunca se sabe



Érase una vez un país, grande dentro de todo, sin caer en los problemas propios de los territorios con gigantismo, que poseía todos los escenarios imaginables para artistas y soñadores, los tesoros más preciados por gobernantes, planificadores y ladrones de oficio, una tierra generosa y productiva, y una población tan mansa y tan brava que más de una vez hizo piruetas alocadas en su historia como lo hacen el aceite y el agua cuando se les mezcla en una botella.

En ese lugar, años atrás, un escritor creó a un personaje muy peculiar. Su creación logró concentrar la esencia de esa población mansa-brava o quién sabe, o quizá la condenó con su marca de Caín a ser lo que es, aunque esto último sería endilgarle una trascendencia absoluta a ese autor con quien no comulgo plenamente. En todo caso, Eudomar Santos -el personaje- se pavoneaba por su vida de telenovela haciéndole frente a las contingencias del día a día con un “cómo vaya viniendo vamos viendo”.

Un pueblo, una tierra, unos tesoros… y el devenir realengo, a la buena de Dios. Venezuela.

Desde la década de los noventa, cuando Eudomar se hizo famoso, han pasado unos veinte años, vidas enteras, páginas de nación escritas a pulso, y todo con una constante: la incertidumbre.


Compañeros: Lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados”, ¿Habrá elecciones o no?, ¿De verdad renunció o “la aceptó”?, ¿El presidente está vivo o está muerto?, ¿El próximo año existirá la posibilidad de que cualquier mortal pueda cambiar los bolívares que ganó con su trabajo por dólares porque sí, porque quiere, porque le da la gana?, ¿Devaluarán?, ¿Tendré trabajo el mes que viene después de las elecciones o de que me busquen en la “lista Tascón” o en “la lista Maisanta” o en la lista que mejor les guste?, ¿Me expropiarán y todo eso…?

Y ahora, como si faltaran elementos a la ruleta rusa de nuestro día a día, el Gobierno piensa controlar el consumo de cada persona en este país. Siempre, porque siempre es así, la medida tiene un fin loable: evitar el contrabando y la reventa de productos; pero como siempre, porque siempre es así, la medida solamente logrará agudizar los males de escasez y de inflación en el país, pero con el añadido de un riguroso control del consumo individual.

Y así seguirán nuestros días: hoy tengo trabajo, mañana no; hoy conseguí leche, ayer no; hoy sobreviví a un atraco, mañana quién sabe.

Como sociedad hemos “sobrevivido” muchos años, gracias al petróleo en buena medida, pero eso de ser el país del nunca se sabe, apostando a la suerte y a la buena fortuna, debe ser algo con fecha de vencimiento. 

¿Podremos seguir "sobreviviendo" y "resolviendo" sobre la marcha? ¿O terminaremos mutando en una clase de sociedad difícil de imaginar?


jueves, 14 de agosto de 2014

Responsabilidad e interacción

Texto originalmente publicado en http://fundacionciev.blogspot.com/

Al hablar de responsabilidad es casi imposible dejar de pensar en ese mapa de líneas que se entrecruzan y conectan, donde la interacción cotidiana humana queda plasmada en situaciones de diversa índole e impacto.

La imagen de una tela de araña también puede servir para visualizar cómo se extiende el alcance de un solo individuo. Él, junto a otro, entreteje una tela aún más compleja y así con otra y otra y otra persona y con todas aquellas con las que se relacione a lo largo de su vida.

Se trata de conexiones que en muchas ocasiones van más allá de la circunstancia del encuentro, a ese momento, al hecho en sí, que pueden ser gratas, tristes, determinantes, y que en esencia adquieren significado para cada uno de los participantes. 

A una persona se le llama responsable porque está atenta a lo que hace y a lo que decide, porque reconoce que sus actos y decisiones implican consecuencias personales y para los demás, porque de alguna manera sabe que su existencia no es intrascendente.

En el entramado de la sociedad, donde realmente cada individuo genera cambios desde su acción o desde su inacción, la cualidad de responsable alcanza una dimensión que algunos se atreven a llamar histórica: el compromiso del individuo con aquello que él quizá no alcance a vivir, pero en lo que cree y que trata de construir desde su interacción con los demás.

Responsabilidad e interacción parecen ir de la mano aunque no siempre con la conciencia necesaria.