jueves, 29 de agosto de 2013

¿Tenemos patria? (un texto de junio de 2013, difundido entre pocos en su momento y compartido ahora dada la falta de patria que nos arropa)


El juego macabro en el que los venezolanos nos hemos venido perdiendo desde hace casi dos décadas ha terminado por robarnos identidad a todos. La división, materializada en el manejo de cierto lenguaje, en el uso de los símbolos patrios y de la actitud frente al país, es el mayor asalto que nos hemos permitido como sociedad desde los tiempos de la colonización.

Los revolucionarios, los golpistas, marcaron una línea en el piso para diferenciarse del resto tomando para sí el adjetivo de bolivarianos. Los otros, los no golpistas, eran, en consecuencia, no bolivarianos. Y esto se dejó pasar.

Bolívar se convirtió en la bandera del chavismo y para los opositores a este movimiento político la figura de Bolívar dejó de ser lo que había sido para convertirse en otra cosa, un algo confuso, que despierta sentimientos en choque.

Igual ocurrió con los símbolos patrios, con las plazas Bolívar, y un largo etcétera. El chavismo fue agarrando esos espacios y haciéndolos íconos de su movimiento (la esquina caliente, por ejemplo) mientras los opositores perdían territorio y se refugiaban bajo otros íconos (la plaza Altamira, por ejemplo).

Una forma exagerada de ver esto se encuentra en los decretos que Pedro Carmona Estanga lanzó el 12 de abril de 2002, cuando asumió el Gobierno de una manera inaceptable aunque agasajado por una gran porción del país. En esas decisiones locas de Carmona se contaba el quitarle la palabra “bolivariana” al nombre de la República de Venezuela y este decreto suyo despertó gritos de euforia entre letrados, empresarios, políticos, religiosos y gente común.

Eso fue en 2002 y no se ha superado. Cada vez que parece abrirse una ventana a la posibilidad de que la oposición gane en las elecciones sale a relucir nuevamente el sueño de que "volveremos a ser Venezuela" (sin bolivariana, que proviene de Bolívar y no de Chávez, aunque esto parece no ser entendido por la oposición). Muchos añoran que la bandera vuelva a las siete estrellas, desconociendo el error histórico que se cometió con Guayana, porque –como he dicho en otras ocasiones- los que critican por criticar y se oponen por oponerse jamás se tomaron la molestia de leer sobre Historia e indagar al respecto. 

Pasados los años y quizá por un factor azaroso más que como el resultado de un profundo razonamiento, la oposición se lanza en 2012 en la carrera electoral con una gorra tricolor como emblema. Luego, en abril de 2013, hace llamar Simón Bolívar a su comando de campaña. Fueron dos golpes duros para el chavismo, que le movieron su estructura iconográfica. Fue como si la oposición les hubiera metido la mano en el bolsillo para recuperar algo que le habían robado y que ahora el chavismo resiente, porque estamos tan divididos que no hay forma alguna de que entendamos que Venezuela es la patria de todos, Bolívar es el padre de la patria de todos y, por ende, todos somos bolivarianos. Y esto por más que el chavismo grite “patriapatriapatriaquerida” a toda hora y por cualquier motivo como un mantra exclusivo de su casta.

Aun con estos pasos adelante que dio la oposición ahora volvemos a caer en una deformación que en lo personal me tiene asfixiada. En las bocas de muchos reposa, lista para saltar cuando haga falta, una frase venenosa, terrible. Salta al hablar y al escribir, para que quede constancia firme.  Todo se inicia con una queja que puede partir del sinfín de cosas por las cuales quejarnos (“no tenemos leche, no tenemos luz, no tenemos papel higiénico”) para terminar con “pero tenemos patria”.

“No tenemos luz, no tenemos papel higiénico, pero tenemos patria”.
Doloroso.

Desde todo punto de vista es doloroso que se diga esa frase sin pensar en lo que significa. La patria no es Chávez, la patria no es Maduro, la patria no es el chavismo, la patria somos nosotros, nuestra historia, nuestra tierra, nuestros afectos, nuestro futuro.

Se usa patria como sinónimo de revolución chavista… Inaceptable. Hemos perdido la identidad.

A veces, la verdad, me pregunto si tantos desatinos de la oposición para llegar al poder responden a algo tan simple como que no tenemos un verdadero sentido de patria y es ese desarraigo lo que nos condena.

¿Estamos así por decisión propia?


No hemos tenido lluvias incontrolables por 40 días y 40 noches, o sequías de años, ni terremotos  de alta intensidad,…

Gracias a Dios no hemos sufrido en los últimos años de ninguna de esas desgracias que llegan de la nada y que signan el destino de cualquier país.

Desde los tiempos de Hugo Chávez se precisaba de un enemigo (la naturaleza, el sol, el mal de ojo,…) al cual endilgarle las fallas del esquema de Gobierno para desviar la atención de las fallas o para darle tiempo al modelo para que finalmente arrancara.

Con el intento de golpe, el paro y demás disparates de una oposición al Gobierno irracional ante el país y totalmente inconsciente de que efectivamente se había producido un cambio nacional (malo o bueno, pero un cambio) gracias a esa gestión gubernamental, esas excusas abundaron por años.

Nicolás Maduro, heredero de la gestión de Chávez para bien o para mal, intenta hablar de una guerra económica en su contra, de una mafia amarilla que todo lo corrompe, y cosas así, a fin de continuar con la zaga.
No obstante, su discurso dista mucho del que usó Chávez y es poca su capacidad gatuna para ocultar bajo la tierra cuanto haga falta a fin de que no se hagan obvias las propias miserias.

Lo importante es entender y expresarle al otro que si hoy en día estamos como estamos es por una decisión consciente, tomada por quienes por tres lustros ejercen el poder y han querido que así pasen las cosas.

Habrá quien piense que este argumento es un detalle más, otra idea al aire, alguna publicidad que se suma a las que se oponen al Gobierno, yo creo que se trata del punto base sobre el cual construir la diferencia.

Hoy estamos con escasez y con inflación por decisión propia del Gobierno, que modificó leyes a su talla e hizo cuanto requirió para costear su modelo político, sus campañas, y permitir lo que vivimos.

Se estatizaron empresas productivas para hacerlas improductivas, se concentró el poder de todo en manos del Estado para que nada fluya sin su control, se decidió que solamente la mitad de los dólares que se obtienen por la venta del petróleo en el exterior va al Banco Central de Venezuela y que el resto pasa a fondos manejados directamente por Miraflores sin control alguno.

No se trata de una guerra económica, no. De hecho, en mayo pasado el Gobierno se sentó con los empresarios de este país y tuvo que admitir ante ellos que no hay importaciones oportunas porque las divisas (que maneja el Estado y que están sujetas a un control cambiario) fluyen con lentitud, porque los trámites para importar (certificados y demás trámites burocráticos que cumplen las empresas ante el Estado) se hacen a veces mal y otras veces peor. Además reconoció que si hay escasez es porque poco se produce en el país.

Vale decir que, por política de Gobierno, en estos últimos quince años se han estatizado empresas y tierras, que hoy dependen exclusivamente de la gerencia del Gobierno en sus operaciones, y que de ese mismo Gobierno depende la asignación de las divisas para que las manufactureras que siguen activas reciban del exterior la materia prima que requieren para trabajar, así como la materia prima nacional, que es proveniente en buena medida de lo que produce el Estado.

Que la capacidad de compra inmediata de TODA Venezuela en el exterior se limite a 1.800 millones de dólares es decisión del Gobierno. Que el resto de las reservas internacionales estén en barras de oro, depreciadas o sobrevaluadas día a día por circunstancias del mercado, es decisión del Gobierno. 

Que las divisas para importar insumos para producir se asignen como limosna (la experiencia del Sicad es más que elocuente) es decisión del Gobierno.
Estamos hoy al borde del abismo, sin producción, con inflación, sin divisas para atender la economía…  por decisión del Gobierno. 

En conclusión estamos así por decisión propia, la decisión de quienes creen que así deben ser las cosas.